Nepal: aprender, vivir y viajar de otra manera
Un mes en Boudhanath y un viaje lleno de encuentros inesperados

Mi fórmula personal para viajar seis meses al año
Una de mis pasiones es el turismo educativo y transformacional. Desde hace años viajo aproximadamente seis meses al año, siguiendo una fórmula personal que me permite mantenerme económicamente durante mis viajes: gastar lo mismo, o incluso menos, que cuando estoy en casa.
Mi secreto consiste en vivir modestamente, cerca de la gente local, y realizar estancias relativamente largas. En aquella época, me fijaba un presupuesto de unos 400 dólares mensuales para el alojamiento y negociaba el alquiler en función de la duración de mi estancia.
Una vez instalada, me dedico a estudiar o a impartir cursos en los que se aprende principalmente haciendo, sin necesidad de grandes esfuerzos académicos: baile, masaje, yoga, cocina, medicina natural, taichí, idiomas… Y, de paso, casi sin proponérmelo, hago algo de turismo cultural.
Para mí, viajar no consiste simplemente en visitar lugares, sino en aprender a través de la práctica, conviviendo con la gente local y descubriendo otras maneras de pensar y de vivir. A lo largo de mis viajes he hecho pocos amigos, pero buenos, y de ellos he aprendido muchísimo: su manera de ver y vivir las cosas, sus historias, sus costumbres y también sus conocimientos prácticos sobre dónde ir, dónde comprar, qué comer y cómo desenvolverse en la vida cotidiana. Hablar el idioma, o al menos intentar aprenderlo, siempre me ha ayudado a establecer esas relaciones.
Por eso prefiero las estancias largas. La verdadera inmersión cultural requiere tiempo, curiosidad y disposición para superar las primeras dificultades. No basta con decir que queremos integrarnos: hay que estar dispuestos a enfrentarse a formas de vida que pueden resultarnos extrañas e incluso intimidantes al principio. Pero cuando conseguimos superar esa barrera, se abre un mundo de experiencias y aprendizajes que difícilmente podemos alcanzar con una visita turística convencional.
En el verano y otoño de 2018 estuve en Tailandia, India y Nepal. Mi estancia en Nepal, durante septiembre, surgió de manera inesperada, casi improvisada, y terminó convirtiéndose en un buen ejemplo de cómo funciona mi particular manera de viajar.
Cuando escribí el artículo original, en febrero de 2019, me encontraba en Cuba, invitada por la Cátedra Terapéutica de la OMAM (Organización Mundial de Artes Marciales), impartiendo dos cursos de masaje tailandés a 35 profesionales y estudiantes.
Pero cuando no estoy trabajando, suelo elegir países del Sudeste Asiático o de América Latina, donde, en aquellos años, podía vivir más económicamente que en Europa o Estados Unidos.
Nepal: un destino inesperado
Nepal es un país que no defrauda. Me llevé grabadas en la retina muchas imágenes y experiencias que, hasta entonces, nunca me habían llamado especialmente la atención, siendo el mundo tan amplio y fascinante como es.
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En septiembre de 2018 me encontraba en Rishikesh, India, haciendo un curso de Ayurveda, cuando tuve que salir del país por cuestiones de visado. Nepal era el destino más cercano y, como si se tratara de una señal, todo se combinó de manera estupenda para hacer posible el viaje. Así que me fui para allá. Saqué el visado en el aeropuerto.
Irónicamente, no soy la típica turista de trekking, ni tampoco mochilera. ¡Muy lejos de eso! De hecho, nací en California, donde se conduce hasta para ir a la esquina, y no me gusta especialmente andar.
Suelo viajar sola a lugares lejanos de mi casa en Madrid, para realizar estancias largas, de por lo menos un mes. Soy una viajera independiente, un poco nómada digital, profesora de masaje tailandés y empresaria de viajes educativos…, entre otras cosas.
Por aquel entonces llevaba ya diez años viajando aproximadamente seis meses al año, y Nepal se convirtió en el país número 42 que visitaba.
Aunque valoro mucho los aspectos materiales —la belleza, la comodidad, la limpieza—, siento también una fuerte atracción por lo intelectual y lo espiritual. Digamos que busco las realidades que se esconden detrás de las apariencias.
En Nepal encontré aventuras, belleza y profundidad por todas partes. Pero ¡ay!, para visitar este país hay que estar en buena forma física y dispuesto a la aventura. ¡Incluso caminar o cruzar la calle puede convertirse en toda una experiencia! ¡Ja, ja, ja!
Me han preguntado si recomendaría Nepal para viajar con niños. Mi respuesta, basada en lo que viví entonces, es que no. ¡Definitivamente, no!
Kathmandu: entre la espiritualidad y el caos cotidiano
En Kathmandu, la capital, la espiritualidad destaca en todo lo que te rodea. Es increíble porque, en Occidente, parece que a veces negamos que sea siquiera una faceta de la humanidad. Allí, en cambio, se respira esa energía aunque no seas una persona ni remotamente religiosa.
Pero, por otro lado, el día a día puede ser difícil y, como dice el refrán, «no es oro todo lo que reluce».
Nepal es un país de grandes contrastes y de una extraordinaria mezcla de culturas, entre ellas la nepalí, la tibetana y la newari. Me llamó mucho la atención el caos del tráfico en Kathmandu. Apenas encontraba señales de tráfico, muchas calles carecían de nombres visibles y las aceras eran prácticamente inexistentes. Al principio, la circulación me parecía tan caótica que llegué a preguntarle al conductor por qué lado de la calle se conducía.
Las calles parecían haber sufrido los efectos de una bomba o, más acorde con la realidad del país, de un terremoto. Había caminos pedregosos, tramos apenas asfaltados, baches, charcos, barro y polvo por todas partes. La lluvia convertía algunas zonas en barrizales y, cuando todo se secaba, volvía el polvo. Caminar, cruzar una calle o simplemente desplazarse por la ciudad podía convertirse en toda una aventura.
Y, sin embargo, en medio de estas dificultades aparecían sorpresas extraordinarias.
Me impresionó encontrar tantos automóviles y motocicletas, televisores de pantalla plana, teléfonos móviles de última generación, copisterías y pequeños comercios. Y, para colmo, ¡hasta fui a un restaurante atendido por robots de fabricación nepalí!

¡Y pensar que, entre tantos baches, barro y polvo, también se fabricaban robots!
Boudhanath: vivir dentro de otra cultura
Mi llegada a Kathmandu no fue precisamente maravillosa. Había reservado por Internet un alojamiento en Thamel, el barrio turístico de la ciudad, pero al llegar me encontré con un lugar bastante desagradable, muy lejos de lo que esperaba. ¡Un verdadero desastre!
Afortunadamente, Amar (pronunciado «Omar»), un nepalí que me sirvió de guía y amigo durante mi estancia, se dio cuenta enseguida de que no iba a estar a gusto en Thamel, con tanta confusión y ruido. Después de pasar una sola noche en aquel sitio, me encontró un hotel estupendo junto a la gran estupa de Boudhanath, a apenas dos minutos a pie.
¡Qué diferencia! El hotel era muy bueno y terminé quedándome allí un mes entero.
Doy gracias al cielo por haber vivido en aquel barrio precioso. Boudhanath, uno de los centros más importantes del budismo tibetano en Nepal, se convirtió en el centro de mi vida cotidiana.
Durante todo el día, la gente caminaba en círculo, en el sentido de las agujas del reloj, alrededor de la enorme estupa, recitando una y otra vez el mantra «Om Mani Padme Hum» y pasando las cuentas de sus rosarios de oración entre los dedos. Al mismo tiempo, por los altavoces de la plaza se escuchaba música religiosa que se mezclaba con las voces de los peregrinos. Entre los mantras, la música y el movimiento constante de personas alrededor de la estupa, se creaba una atmósfera verdaderamente especial. ¡Era fascinante vivirlo día tras día!
Durante el mes que viví junto a Boudhanath, tuve la oportunidad de observar cómo cambiaban sus colores, sus sonidos y su ambiente desde la mañana hasta bien entrada la noche.



En los alrededores de Boudhanath había numerosas galerías de arte. En una de ellas compré ocho mandalas originales, pintados, según me explicaron, por monjes budistas con más de diez años de experiencia en esta tradición. Los pigmentos se preparaban moliéndolos a mano y los detalles dorados se realizaban, según me contaron, con oro de 24 quilates. Los artistas seguían estructuras y temas tradicionales, pintados con extraordinaria precisión y una infinidad de detalles minúsculos. Firmaban sus obras: no eran simples reproducciones decorativas, sino auténticas obras de arte. ¡Preciosas! Me los llevé a Europa, donde vendí cinco. Conservé dos, que hice enmarcar para mi casa, y todavía tengo uno pequeño sin vender.

Por supuesto, el barrio no tenía de todo, pero lo que no había decidí que ya no me hacía falta.
El hotel estaba junto a un monasterio de niños, y desde allí podía seguir el ritmo de su vida cotidiana: los mantras, los juegos, las comidas, las lecciones, la hora de acostarse…
En otra ocasión visité un monasterio budista diferente, donde pude fotografiar a los pequeños monjes. Según me explicaron, las mujeres no debíamos tener contacto físico con ellos, una costumbre que había que conocer y respetar.
Soy una viajera totalmente atípica y no convencional. Mi norma es encontrar un alojamiento con cocina y «vivir como una nativa».
En Boudhanath encontré algo que valoro especialmente cuando viajo: la oportunidad de observar y participar, en la medida de lo posible, en la vida cotidiana de un lugar, en vez de limitarme a visitarlo como turista.
Mi guía y amigo en Nepal: Amar Lama me ayudó a descubrir Kathmandu y comprender mejor la vida local.

Moverse por Kathmandu y descubrir sus alrededores
Aunque disfrutaba enormemente de la vida en Boudhanath, desplazarse por Kathmandu era otra historia.
Como ya he contado, no soy especialmente aficionada a caminar, y mucho menos por calles llenas de baches, polvo, barro y un tráfico aparentemente caótico. Por suerte, Amar me conocía bien y sabía cómo ayudarme a desenvolverme en aquel entorno.
Nos desplazábamos siempre en taxi. Con aquellas calles y aquel tráfico, prefería reservar las caminatas para otros lugares.

Sin embargo, pude conocer lugares extraordinarios del valle de Kathmandu. Durante mi estancia visité los siete conjuntos monumentales que forman parte del sitio Patrimonio Mundial de la UNESCO denominado Valle de Kathmandu: las plazas Durbar de Kathmandu, Bhaktapur y Patan; las estupas budistas de Swayambhunath, también conocida como el Templo de los Monos, y Boudhanath; y los templos hinduistas de Pashupatinath y Changu Narayan.
Cada lugar tenía su propio carácter, y me impresionaba la convivencia de las tradiciones hinduistas y budistas en la vida cotidiana.
Salvo en Swayambhunath, no encontraba tantos animales sueltos como en la India. De vez en cuando aparecía un mono, una vaca o una cabra, pero no era algo que viera todos los días.
Por otra parte, Kathmandu me pareció una ciudad bastante segura durante mi estancia, aunque con poca vida nocturna. La gente seguía en gran medida el horario del sol. Muchos restaurantes cerraban hacia las nueve de la noche y me dijeron que incluso en Thamel, el barrio turístico, los bares y las discotecas cerraban relativamente temprano.
También había otros lugares que me habría gustado conocer. No llegué a visitar Lumbini, el lugar de nacimiento de Buda, ni Pokhara, conocida por sus vistas del Himalaya. Los desplazamientos por carretera podían resultar largos y agotadores, y preferí no aventurarme a realizar esos viajes.
Además, el polvo y la contaminación terminaron pasándome factura. Me resfrié más de una vez, algo que no me había ocurrido en cinco años. ¡Y eso que tengo un sistema inmunológico muy fuerte!
Pero todo tiene un límite. Nepal me recordó que incluso cuando disfrutamos de una experiencia extraordinaria debemos reconocer nuestras necesidades y respetar nuestros límites físicos.
Al fin y al cabo, viajar a mi manera no consiste en verlo todo ni en cumplir un itinerario turístico. Consiste en elegir cómo quiero vivir la experiencia, aprender de lo inesperado y aprovechar verdaderamente el tiempo que paso en cada lugar.
Y en Kathmandu, después de tantos trayectos en taxi que parecían sesiones de centrifugado, ¡también aprendí que no hace falta practicar deportes de aventura para vivir emociones fuertes!
La comida, las costumbres y las sorpresas
La comida en Nepal fue excelente. Encontré productos frescos, de temporada, muchas verduras y una extraordinaria variedad de especias.
Me llamó la atención la forma de distribuir la leche, transportada en recipientes metálicos directamente desde los lugares de producción, así como la presencia de hierbas, aceites, inciensos, mantras y remedios ayurvédicos relacionados con las tradiciones que había conocido durante mis viajes por la India.
Antes de viajar a Rishikesh, una ciudad santa de la India, había oído que el alcohol estaba estrictamente prohibido y que la alimentación era predominantemente vegetariana. Así que, todavía en España, decidí prepararme mentalmente para ese cambio de hábitos.
Todos los días me repetía un mantra: «Dieta basada en plantas, dieta basada en plantas». Era mi manera de mentalizarme para una forma diferente de comer y beber.
Y funcionó. Cuando llegué a Rishikesh, descubrí que aquellas costumbres no eran tan estrictas ni universales como me habían contado, pero mi preparación había dado resultado. Me adapté sin ninguna dificultad.
Durante algunos meses seguí una alimentación vegetariana y sentí que mi vibración personal era definitivamente más alta.
Y ocurrió algo curioso. Después empecé a ver constantemente vídeos de rescate de perros en YouTube y a sentir una compasión cada vez mayor por los animales. Lo sorprendente, para mí, fue que ese sentimiento apareció después del cambio de dieta, y no antes, como suele contarse.
Recibí también comentarios curiosos sobre mis viajes. Algunas personas se preguntaban por qué los niños se vestían de determinada manera; otras, al ver mis fotografías, se sorprendían de que apareciera tan feliz y sonriente en lugares que imaginaban mucho más difíciles o desagradables.
Aprender también significa conocer nuestros límites
He sido muy feliz durante mis viajes. Y la felicidad, como ya se sabe, es una actitud.
Estoy aprendiendo siempre y ¡las sincronicidades me motivan y entusiasman!
Pero viajar también me ha enseñado a conocerme mejor, a confiar en mi propio criterio y, sobre todo, a poner límites.
Una GRAN lección que aprendí durante aquel viaje fue que no podía fiarme ciegamente de las opiniones y recomendaciones que encontraba en Internet. Investigué muchísimo, pero descubrí que las experiencias de unas personas y otras pueden ser como la noche y el día. Cada cual tiene sus propias expectativas, preferencias y perspectivas. Además, detrás de algunas recomendaciones también puede haber intereses comerciales.
Por ejemplo, confié en BookYogaRetreats.com y acepté su sugerencia de un curso de yoga en Rishikesh, India, que estuvo muy por debajo de lo prometido.
Así aprendí que el yoga, la meditación y la espiritualidad también son un GRAN negocio en Rishikesh.
Mi método consiste en leerlo todo, investigar y mantener la mente abierta. Pero también me conozco a mí misma y sé que tengo que PONER LÍMITES.
No es no.
Hay que aprender a ser flexible, pero también a decir que no cuando las circunstancias lo requieren. De lo contrario, podemos acabar pagando precios turísticos por condiciones que no estamos dispuestos a aceptar.
Necesito cierto nivel de comodidad, especialmente cuando viajo a lugares donde la vida cotidiana presenta mayores dificultades. Por ejemplo, ¡que no me den una habitación llena de insectos!
Tampoco me atrae especialmente la vida de cinco estrellas, porque a veces me parece una jaula dorada.
Lo mío es el zen y la limpieza.
Con los años he aprendido que adaptarse a otra cultura no significa renunciar a las propias necesidades ni aceptar cualquier situación. Para mí, la verdadera libertad de viajar consiste también en poder decidir cómo quiero vivir cada experiencia.
Un cambio de planes inesperado
Cuando terminé mi estancia en Nepal, tenía previsto continuar hacia Sri Lanka. Pero entonces recibí una llamada de un colega en Cuba que me ofrecía impartir cursos de masaje tailandés.
¡Otro cambio de planes!
Para viajar a Cuba tenía que regresar primero a Madrid y tramitar el visado. Busqué vuelos por Internet y, casi a última hora, encontré uno directo de Kathmandu a Madrid por unos 350 dólares. ¡Increíble!
Lo interpreté como una señal. En lugar de continuar hacia Sri Lanka, regresé a Madrid, hice los trámites y emprendí el viaje a Cuba, donde pasé dos meses enseñando masaje tailandés.
Y pensar que, cuando llegué a Nepal, tampoco había planeado visitar aquel país…
Así es mi manera de viajar: una experiencia abre la puerta a otra, muchas veces sin que sepamos de antemano adónde nos llevará.
Lo que me dejó Nepal
Al recordar mi estancia en Nepal, pienso en todo lo que aprendí, en las personas que conocí y en las experiencias que nunca habría vivido siguiendo un itinerario turístico convencional.
Una vez más, descubrí que viajar no consiste en verlo todo, sino en vivir plenamente aquello que encontramos por el camino. Y que, muchas veces, lo inesperado termina siendo lo más enriquecedor.
Así es mi manera de viajar.
Otras imágenes de Nepal
Una selección adicional de recuerdos fotográficos de 2018.






